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Empecé a buscar soluciones cuando tenía ansiedad. Me empezó a venir por las noches, miedos a todo tipo de cosas. Al futuro, a enfermedades, a perder el control. Luego vinieron los ataques de pánico. Y luego el miedo al miedo. No saber gestionarlo y perder la cabeza.

Sabía que tenía que hacer algo.

Es cuando decidí irme a un monasterio ZEN por un mes. Tenía suerte que coincidió con las vacaciones de verano y pude permitirme el lujo de emprender este viaje al interior.

Ya después de dos noches volví a dormir como hace tiempo no lo había hecho. Pude descansar de verdad. Sin miedos. Sin ansiedades.

En varios sitios leí que la ansiedad es solo el síntoma, que debajo del síntoma uno encuentra las verdaderas causas. En mi caso descubrí que la ansiedad era un aviso de mi cuerpo hacia mi mente de que me estaba “desconectando” de mi misma. Que mis acciones y palabras no estaban alineadas con lo que yo realmente quería. Y que no me permitía los descansos necesarios y el espacio para escucharme.

En el monasterio aprendí a meditar y a escucharme. Aprendí que sentándome durante horas en un cojín y prestando atención a mi respiración y soltando de lo que producía mi mente, me traía la mayor liberación y felicidad que jamás había experimentado.

Comprendí la frase: la felicidad está dentro de ti.

La magia que ocurre cuando simplemente te sientas, enfrentándote a tu contenido mental, puede ser brutal.

Pero claro, era un entorno favorable para que esta práctica traiga sus frutos. El reto para mí y para todos los que hemos estado en un retiro y luego volvimos a la “vida real”, fue como integrar lo aprendido en el día a día.

Aquí es donde me ayudaron dos cosas:

  1. Crear una práctica regular
  2. Conectar con un grupo

Crear una práctica regular

Es como con todo en esta vida. Si quieres aprender o profundizar algo, cuanto más practiques, más avanzarás.

Con la meditación aplica el mismo principio. Para mi lucha contra la ansiedad fue fundamental integrar esta práctica en mi rutina diaria y sobre todo ser consistente con la práctica. Es decir, no solo practicar cuando quería. Aunque me resultaba más fácil motivarme cuando estaba mal, también me discipliné a meditar cuando me sentía bien.

Hasta que no tengas una buena base, esta rutina te ayudará a anclarte. A darte un apoyo para que las cosas cotidianas no te afecten tanto.

Conectar con un grupo

Sobre todo, al principio y para crear un hábito en tu vida, ayuda el soporte de una comunidad. El simple hecho de ir una vez por semana a un centro o reunirte online con otras personas que persiguen el mismo objetivo es una joya, que no debe ser subvalorada.

No estamos hechos para luchar sol@s, somos animales sociales. Y pedir ayuda es algo que deberíamos cultivar más. Nos vuelve humildes. No somos súper humanos. Somos humanos, no tenemos todas las respuestas y aceptar que otros te pueden apoyar, aunque sea con su presencia, nos hace más agradecidos.

Mi experiencia con la ansiedad fue muy dura e intensa, pero gracias a ella descubrí esta práctica que me sigue acompañando a día de hoy, 13 años después de haber ido al monasterio. Me ayuda en situaciones que siento que me superan, en calmar la mente, en entrenar la aceptación y en acordarme de permitirme a diario estos espacios para simplemente escucharme. Y sobre todo saber, si lo que estoy haciendo, está alineado conmigo o si hay algún cambio pendiente de realizar.

PS: Si te interesa descubrir la meditación y ejercicio que te ayuden a trabajar tu bienestar físico, mental y espiritual, ven aprobar una semana gratuita en www.ryumon.org

 

Autora: Sophie Steffen, instructora y fundadora de Ryumon

Desde cuando practicas la meditación: Desde el 2009

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